Escritora
nacida en Quebec, Canadá. Vive en Valencia (España)
desde 1998. Ha publicado:
Le
ciel non plus je ne pouvais pas le peindre, roman, Québec,
Le Loup de Gouttière, 1999, 119 pages.
« Claude est mort sans m’en parler »,
Frontières (revue québécoise d’information,
de recherche et de transfert de connaissances en études
sur la mort), vol.15, no 2, printemps 2003, p.76-77.
« La Mer, Mour, Mort », Frontières, vol.13,
no 1, automne 2000, p.70-72.
« Plastic Time », 24-7 Valencia, vol. 27, mars
2003, p.11.
« Plus jamais», Frontières, vol.17, no
1, 2004, p.91.
« Un amour de toutou », nouvelle parue dans
le recueil collectif Des nouvelles du Québec, Paris,
Éditions 00h00, 1999, 91 pages.
« Why Spain?», 24-7 Valencia, vol. 69, octobre
2006, p.47.
Viaje,
su último trabajo en castellano, fue presentado en
la Sala
Sporting Club Russafa, el 9 de Marzo de 2008.
Se presentó al público un fragmento en un
encuentro literario a través de distintas voces y
acompañado de la música de la violonchelista
Natalia Pérez y de las imágenes de Yolanda
Carrascosa.
Viaje
entremezcla varios géneros literarios, oscilando
entre el diario, la ficción y el cuento, trata entre
otros temas de la pertenencia, la lealtad, la inmigración,
el consumismo y la búsqueda de la felicidad.
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Extractos
de Viaje
Érase
una vez una princesa bellísima, con una tez blanquísima,
con el pelo rubio y larguísimo, con los ojos azules como
el mar, y con los dientes amarillos como la paella. Todas las
mañanas, la princesa preguntaba a su espejo: espejito,
espejito, dime quien es la más bella. Y todas las mañanas
el espejo contestaba enseñándole una sonrisa de
dientes amarillos. Cada mañana, la princesa se echaba a
llorar, desesperada. Estaba convencida de que todos los príncipes
de la tierra iban a darse cuenta enseguida de ese defecto enorme
y de que ningún caballero iba a querer casarse con una
princesa con una dentadura amarilla.
Sin
embargo, un día, apareció un príncipe con
la tez muy negra y los dientes muy blancos. El príncipe
negro se fijó en la princesa con su tez tan blanca y unos
dientes de un color que no había visto nunca jamás,
y se enamoró enseguida. Sin esperar, decidió casarse
con ella y pidió su mano.
La
princesa y el príncipe se casaron felizmente. Tuvieron
cinco hijas y cinco hijos. Por supuesto, todos los niños
tienen la dentadura de su papá y de su mamá. Es
como una espiga de maíz, de esas que tienen dos colores:
un diente muy blanco, un diente muy amarillo, un diente muy blanco,
un diente muy amarillo... Es una dentadura magnífica, jamás
vista, que los hijos e hijas del príncipe y de la princesa
enseñan con mucho orgullo cada vez que sonríen.
Desnudo
Ahora en mi tierra, es febrero. Es un mes de mucho frío,
pero por lo menos sale el sol. Mucho más que en marzo y
noviembre. Supongo que aquí nadie conoce esos versos famosos
de uno de nuestros grandes poetas nacionales que se quedó
atrapado en la locura con tan sólo veinte años,
destrozado entre el idioma inglés de su padre y la lengua
francesa de su madre.
Ah!
comme la neige a neigé!
Qu’est-ce que le spasme de vivre
À tout l’ennui que j’ai, que j’ai!
Atrapado
en la telaraña del destino familiar, murió en su
vaisseau d’or que, en realidad, era un hospital psiquiátrico,
escribiendo su nostalgia de un país perdido. ¿Cuántos
siglos hace que nuestros antepasados dejaron la vieja Europa para
emprender una nueva vida en un nuevo continente? Hace cuatro años
y ya no nos acordamos de por qué los ingleses lucharon
contra los franceses y de por qué los franceses lucharon
contra los ingleses. Sólo nos acordamos de que hay pelea
y de que hay que luchar. ¿El gran poeta Émile había
estudiado y conocía la gran historia? o ¿sólo
estaba atrapado en ella? Yo sólo conozco la pequeña
historia, la pequeña historia que se resume en mi propio
cuerpo, en mi propia salud y en mi propia enfermedad. Soy mi propio
médico y como el Zénon de Yourcenar, aunque viaje
por el mundo siempre vuelvo al microcosmos, a mi celda de cuerpo.
Las celdas siempre van bien para curarse si uno confía
en su propia soledad y en su propia fuerza. Lo que pasa es que
a menudo preferimos confiar la solución de un problema
propio a manos ajenas. Tengo un cáncer de mama, pues que
me corten la mama, cuando seria mucho mejor acoger a la mamá
en vez de rechazarla.
Ah!
comme la neige a neigé!
Qu’est-ce que le spasme de vivre
À la douleur que j’ai, que j’ai!
¿No
me contaron en el instituto que el problema de Émile era
justamente ése? ¿Que se sentía dividido entre
su madre cariñosa, amante, y su padre frío, autoritario?
Atrapado en las faldas de su madre, no podía tomar a su
padre, es decir a su masculinidad. No hay nada raro en eso. Veo
casos así todos los días. Lo que pasa es que, en
mi patria, eso se convierte en enfermedad mental o en suicidio,
mientras que aquí, en España, se convierte en lo
que acaban de nombrar violencia de género. En mi país,
la rabia, la agresividad, la dirigimos contra nosotros mismos
y aquí la dirigen contra la madre que les ha castrado,
la madre que les ha impedido acceder a su propia masculinidad.
En
mi tierra, en marzo, la tasa de suicidio aumentará como
cada año. Prefiero no pensar en ello. Pretender que eso
no existe. Aquí, a diario, el periódico y el telediario
me asaltan con nuevos casos de violencia conyugal o como acaban
de nombrarlo de violencia de género. Cierro los ojos y
las orejas para protegerme de las cifras que me lanzan a la cabeza.
¿Por qué se atan a las cifras cuando la solución
es tan sencilla? ¿Por qué se atan a palabras como
machismo cuando la solución se encuentra tan sencillamente
dentro de cada uno de nosotras y de nosotros? ¿Qué
pasaría si cada uno y cada una llegaran a acoger dentro
de su corazón a su parte femenina tanto como a su parte
masculina? ¿A su parte masculina tanto como a su parte
femenina?
Veo
todos los días cómo las mujeres apartan a los hombres
de sus propios niños, cómo hacen de los niños
un territorio propio. No soy nadie para juzgar y no juzgo, sólo
observo. Observo el cuerpo social que me rodea, del cual formo
parte lo quiera o no, y que me duele. Ya no me acuerdo de lo que
pasó cuando mi padre tocó el vientre de mi madre
y yo daba patadas. Sólo me acuerdo de que estuve en las
manos del médico durante un largo rato cuando mi madre
me parió. Mi madre estaba agotada y mi padre no se atrevía
a tomarme entre sus brazos. Fue el cuerpo médico el que
me acogió y así durante una semana porque la casa
no estaba lista para recibirme. El cuerpo médico acogió
también a Émile durante la mayor parte de su vida
hasta que murió. El poeta pasó su vida, incapaz
de resolver en él mismo el desgarro entre lo masculino
y lo femenino. Se quedó atrapado en la nostalgia de una
reconciliación que no consiguió nunca.
Ah!
comme la neige a neigé!
Ma vitre est un jardin de givre
Ah! comme la neige a neigé!
De niña en el instituto, adolescente que no sabía
nada de la vida, cuando leía al Gran Émile, no entendía
bien su poesía, pero temía que también yo
podría quedarme atrapada en la telaraña de un destino,
donde se observa el mundo desde una celda desnuda y se canta todo
el día:
Pleurez,
oiseaux de février,
Au sinistre frisson des choses,
Pleurez, oiseaux de février,
Pleurez mes pleurs, pleurez mes roses,
Aux branches du genévrier.
Gracias a Dios y a mi propia fuerza de voluntad, gracias a unos
maestros que encontré en mi camino, puedo salir de vez
en cuando de mi celda desnuda a tomar el sol, a decir hola al
vecino o a la vecina que pasa por ahí, dado que, en España,
somos todos vecinos, nada de ciudadano como en mi patria. Todavía
me cuesta hacer algo tan sencillo como saludar a un vecino o a
una vecina que pasa por ahí sin apartar la mirada o sin
intentar pasar desapercibida. Es que aquí los vecinos están
tan cerca que uno no se puede escapar. Están y te ven y
es difícil pasar desapercibida. Si murmuro un Buenas a
cualquier hora del día, no necesito pensar si se debe decir
Buenos días, Buenas tardes o Buenas noches; un Buenas es
suficiente y así con una sola palabra tan corta, las vecinas
y los vecinos no tienen lo suficiente para darse cuenta de que
soy extranjera, es decir de que no nací en este país.
Ahí se están equivocando porque creo que sería
muy correcto decir que nací aquí, en España.
No es la primera vez que nazco, eso lo admito, pero es muy justo
decir que también nací aquí, en España.
Que tenga un acento diferente, eso ya se ha estudiado bastante,
eso es una cuestión de lealtad. No traiciono a los míos,
dejo saber a todo el mundo que primero nací en mi tierra,
dans les quelques arpents de neige que Francia cedió a
Inglaterra. Usted habrá visto en la tele unos kilómetros
de nieve blanca, ahí nací primero.
¿Y
usted, dónde nació?
¿Es raro el hecho de que me enamorara de un lord inglés
que me invitó a vivir en su castillo de arena en España?
En su castillo de arena, la princesa cantaba todo el día:
Ah!
comme le soleil brille!
¡Cómo brilla el sol en un cielo tan azul!
¡Tan azul!
Al
fin poder exponer mis pobres huesos helados desde tantos siglos
al pleno sol de invierno, al pleno sol de verano. Pasó
casi una década hasta que mis pobres huesos quedaron contentos
de calorcito, hasta que mi columna vertebral pudo estirarse y
ponerse en su sitio otra vez sin tiritar, hasta que mi mandíbula
pudo descongelarse. Parece que estoy exagerando pero Émile
también estaba muerto de frío en su vaisseau d’or,
muerto del frío de febrero. No puedo pensar en el frío,
si no mi cuerpo se encoge otra vez y pierdo dos o tres centímetros
y ya no puedo estar a la altura de mi nuevo destino. El recuerdo
mismo es bastante fuerte como para atacar mi cuerpo y que pierda
la fuerza que acaba de ganar, la nueva fuerza que me mantiene
de pie como un abeto, como una palmera, como una mujer fuerte
y débil a la vez, débil y fuerte a la vez.
Siempre
envidié a esos escritores como Émile, Ferron, Hébert,
que nacieron en una familia donde se escribía o se tenía
un vínculo con ese mundo. Nací en una casa donde
había diez libros. A mis abuelos les tocó luchar
para sobrevivir con lo poco que les proporcionaba la tierra en
los pocos meses de verano. En mi familia no había cultura,
sólo agricultura, como se dice en mi patria. Sin embargo
Ferron, Hébert, el propio Émile y muchos más,
sí que nacieron rodeados de libros, o por lo menos así
lo entendí yo en las escasas lecturas que hice. Y otros
como Leclerc, Vigneault, Audet, tuvieron que buscarse la vida
para llegar a tener acceso a los libros, a la educación,
a la palabra.
He
venido a España con todos ellos para que puedan tomar el
sol también. Expongo mi cuerpo-libro al pleno sol hasta
que se sequen todas las páginas del frío libro de
febrero, de la fiebre de Febrero, hasta que las hojas se vuelvan
árbol, hasta que la primavera triunfe sobre el invierno,
hasta que los fantasmas se hagan amigos, hasta que la nieve se
haga savia y jarabe de arce otra vez. Me quedo al pleno sol de
febrero a las dos de la tarde. Cuando los vecinos y las vecinas
están ocupados en comer, me quedo al pleno sol de febrero
y absorbo la fuerza y el calor del sol. También lo hago
por Émile, que murió en su celda desnuda. También
me gustaría hacerlo por mis padres, abuelos y bisabuelos,
por todas mis abuelas y bisabuelas, que nunca se quejaron del
frío como yo, que nunca se pararon a quejarse, que lucharon
tanto para sobrevivir en un clima tan duro. ¿Soy una traidora
por haberme escapado?
¿Quien
me dirá si soy una traidora?
¿Me dejarán tomar el sol para todos ellos, para
todas ellas? ¿Me dejarán exponer mis páginas
hasta que se sequen las lágrimas por tantos niños
muertos y no llorados? porque no había tiempo para llorar,
sólo para sobrevivir?
No
había tiempo para llorar, sólo para sobrevivir.
¿Me
dejarán exponer sus tragedias al pleno sol de febrero hasta
que recuperemos fuerza y vida? o ¿me fusilarán como
fusilaron a Lorca? que supongo era un poco como nuestro Émile.
Cuando
uno nace y muere tantas veces, ya no le importa la muerte. Me
quedaré al pleno sol de febrero y tomaré el sol
para todos los míos que no pudieron tomarlo nunca. Tomaré
el sol en el río transformado en parque, a las dos de la
tarde, con mis hermanos africanos y suramericanos, que no sufrieron
de la falta de sol, sólo de la falta de comida. Nos quedaremos
en el río donde no pasa ningún español a
esa hora porque temen que les ataquemos, que les robemos lo que
ellos tienen y que nosotros no tenemos. Esperaremos hasta que
se den cuenta de que nosotros sólo queremos compartir lo
que tenemos, lo poco y lo mucho que tenemos que ofrecer.
Cada
tarde, a las dos, bajaré al río, que ya no es río,
y besaré la tierra de España y la palmera de al
lado de mi casa hasta que los míos me perdonen de haber
huido, hasta que los españoles me perdonen por no tener
el mismo acento que ellos. Mientras tanto, andaré con toda
tranquilidad en lo que hace un par de décadas era un río.
Andaré con esperanza, andaré hasta el otro lado
de la ciudad donde Calatrava erigió un esqueleto que, como
yo, se está secando los huesos al pleno sol de febrero.
¡Cómo
brilla el sol!
¡En un cielo tan azul!
¡Tan azul!
¿Podré contarle a mi hijo, a mi hija, cómo
el sol brillaba a las dos de la tarde en España?
| Fotografía
de Pepe Alonso, Sporting Club Russafa con todos los
participantes. |
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